Te tengo enfrente, a pocos centímetros, con una sonrisa y una mirada que duda de lo que está pasando.
Justo a mi lado, impaciente y callado, sin saber que decir, expectante de mis gestos, ansioso de escuchar algo.
Dejas de sonreír.
-¿Pasa algo?
Me muerdo los labios, miro a otro lado, te miro a los ojos. Abro la boca. Ahora miro a tus labios. Empiezo a hablar. ¿De qué estoy hablando? De alguna tontería, no estoy muy segura, algo de un grupo o de alguna película, paro. Bajo los ojos y digo tu nombre. Me miras, extrañado. Me muerdo los nudillos, me quedo callada.
Te ríes y te das media vuelta. El juego se repite, empieza de nuevo. Levanto mi mano y la acerco a tu hombro. La retiro al momento. Que les den a todos.
Me voy hacia Dani.
-Dame un poco de eso.
Me adueño de su bebida y le digo que soy gilipollas. El sonríe, me acaricia la cabeza, y me dice que no tengo remedio.
Y como dice la canción, enfundada en un pijama gris, le relato lo ocurrido a una almohada que ya se conoce los finales cutres de mis cuentos.
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