Estoy mareado. Después de este viaje agotador lo único que deseo es llegar a mi casa y volver a mi vieja rutina. Echo de menos mi vieja rutina. Curioso ¿eh? quién lo iba a imaginar.
Le doy un empujón a dos puertas que dan lugar a un recibidor maloliente pero bastante particular. En el mostrador un adolescente granudo y delgaducho bosteza sobre su mano. Se incorpora con una sonrisa bastante forzada y me mira. Podría jurar que me llego a asustar un poco por aquella penetrante mirada que me da a entender que no es de muchos amigos.
-¿Habitación?- al hablar me chirrían los oídos. Como si fuese un cuchillo frotándose una y otra vez con un plato. Me llevo las manos a la cabeza, me duele muchísimo. Resaca.
Hacía tiempo que no la tenía, bueno, en verdad, creía que me había acostumbrado a ella. Nunca la he dejado de tener-¿Habitación?- dice con bordura y en un tono más alto.
-Tranquilo ¿eh? ni que tuvieras prisa. Dudo que pasen muchos clientes por aquí ¿me equivoco?
Su mirada me dio a entender que no estaba para vacilaciones.
-¿Habitación?-dijo casi gritando pero manteniendo la paciencia por no pegarme una hostia. Estoy seguro de que si no estuviese dentro de su horario laboral me la daba.
Le sonreí burlonamente.
-No tengo habitación, todavía.
-De acuerdo, tenemos la A-12 libre. ¿Cuánto tiempo?
-Una semana.
Escribe en el ordenador y me pasa la factura en una bandejita, rollo bar. Qué gracioso.
Me meto las manos en los bolsillos y le suelto en aquel plato algunos billetes y monedas sueltas.
-Quédate con el cambio- le suelto, aún sin saber si habrá suficiente con lo que le he dado.
Me dirijo hacia el ascensor y oigo claramente como el chaval susurra "gilipollas".
Sonrío. Me encanta esta sensación.
Subo por el ascensor, huele a detergente. A mi derecha hay un carrito de limpieza al lado de una mujer bastante gorda que me sonríe. Tiene un pintalabios rojo fuerte. Se lame los labios y me manda una mirada que intenta ser "seductora". Su pelo, teñido de un rubio horroroso, parece sacado de un trozo de estropajo del mismo carrito de limpieza. Intento no mostrar a través de mi cara las ganas de vomitar y decido jugar con ella. A lo que le suelto:
-¿No hace calor aquí?- Le sonrío. Me empiezo a subir la camiseta y como planeaba, justo suena el timbre anunciándome la llegada a mi planta. Me vuelvo a cubrir rápidamente y miro de reojo a la señora. Que con una babeante mirada intenta no caerse al suelo. Me encanta jugar con las personas. ¿Qué? ¿Acaso no lo hace todo el mundo? La gente juega con nosotros sin que nos demos cuenta para sacar algo de nosotros. Al menos yo me divierto haciéndolo, es mi único interés. Podrías pensar que soy una persona asquerosamente bastarda, y no te lo voy a negar, pero he aprendido bastante de este mundo para tratarle bien.
Abro la puerta de mi habitación con una tarjetita. No está mal, podría tener moqueta. No soporto las moquetas. Sobretodo las de hoteles de los cuales la persona con más dinero que se aposenta allí es un apostador de cualquier casino. Baratas, malolientes. Pero no, esta habitación tiene un suelo de madera bastante humilde.
Huele a cerrado, así que abro un poco la ventana de la cuál sale una débil luz. Me apoyo en el alféizar y me llevo las manos a la cabeza. Otra vez ese dolor. Esta vez quien lo produce son los ladridos de un perro. El cuál intenta desesperadamente soltarse de una cadena que le ata a ese patio interior del hotel. A penas le llego a ver, ya que el recinto es bastante pequeño, y está lleno de ropa tendida.
Bostezo y llaman a la puerta.
-No hay nadie-digo con bordura.
- ¿Se puede?-una voz muy dulce sale de la puerta.
-He dicho que no hay nadie.
Me giro, y veo a una chica con un delantal al lado de un carrito de limpieza.
No es aquella asistenta vieja y gorda. Su pelo, con unos tirabuzones cobrizos y sueltos, cubren unos ojos verdes, similares a dos esmeraldas. Sus labios agrietados parecen asustados.
-Me han mandado preparar esta habitación, señor...yo tengo que...-dice casi en un susurro.
-Pasa.