Un sentimiento de nostalgia invadió su mente. Se acordó de ese sofá en el cual sobrevivía a la rutina junto a su familia, con una sonrisa falsa en la cara, viviendo feliz, entre mentiras, pero feliz.
-Al fin y al cabo.-dijo en voz alta.- todo es una mentira.
Su mirada le invadió con una fuerza inmune. Una voz fría atravesó su jodida sonrisa y ordenó.
-Cállate.-y no dijo más.
Con una correa de cuero le rodeo sus muñecas.
-¿Debería sentir miedo?.-gritó vacilando.
Una risa poco cuerda chocó contra las paredes de la sala.
Apretó la correa y ordenó.
-Cállate.- y no dijo más.
Sentía frío, pero siguió vacilando, mientras un sudor frío goteaba de su pelo.
-¿Sabes lo que más me duele de todo esto?.-musitó mientras retorcía sus muñecas buscando la libertad entre esas correas.
-Cállate.
-Lo que más me duele es que.-una risa de nuevo percutió por toda la sala.- ni si quiera siento odio, hacia ti no. Porque tienes razón. Merezco la muerte, por el simple hecho de ser humano ya la merezco.
Rió entre lágrimas mientras sentía la fuerza de las correas con las que le estaba atando.
Sentía la muerte en su nuca. Y aunque sentía el revolver en su cabeza río entre llantos.
-No llores. La culpa de todo esto la tiene la puta humanidad.
Se sentó frente a él y compartieron miradas, dejó de llorar.
Un grito agudo acompañado de lágrimas rompió el silencio.
Disparó.
-Cállate.
"Desde que existen las armas, el ser humano vive con el tiempo prestado"